12 actividades rápidas para regular el clima del aula en 5 minutos

Hay días en los que uno entra al aula y, antes de decir una sola palabra, ya sabe cómo viene la jornada.

Las voces se cruzan, algunos estudiantes ríen, otros discuten por algo que ocurrió durante el recreo, alguien mueve una silla de un lado a otro y, en una esquina, siempre hay uno que parece estar completamente ajeno a todo lo que sucede.

Al principio, cuando me encontraba frente a un grupo así, mi primera reacción era intentar recuperar el silencio.

—¡A ver, todos a sus lugares!

Funcionaba.

Pero solo durante unos segundos.

Con el tiempo comprendí algo importante: tener silencio no siempre significa tener un buen clima en el aula. A veces los estudiantes pueden estar callados y, aun así, seguir molestos, distraídos, cansados o preocupados.

Entonces empecé a probar pequeñas actividades antes de comenzar una clase o cuando sentía que el ambiente se estaba desordenando.

No necesitaba veinte minutos ni materiales complicados.

A veces bastaban dos, tres o cinco minutos.

Poco a poco fui reuniendo aquellas actividades que mejor me ayudaban a cambiar el ritmo del grupo.

Cuando descubrí que primero debía cambiar el ambiente

Recuerdo una mañana especialmente complicada.

Había preparado mi clase con anticipación y estaba dispuesto a comenzar directamente con el contenido. Sin embargo, apenas entré me di cuenta de que algo no estaba funcionando.

Dos estudiantes estaban discutiendo.

Otros seguían hablando sobre lo ocurrido en el recreo.

Algunos estaban demasiado inquietos.

Podía haber comenzado a explicar de todas maneras, pero probablemente habría pasado los siguientes veinte minutos pidiendo silencio.

Así que hice algo diferente.

Escribí una pregunta sencilla en la pizarra:

“¿Cómo llegaste hoy al aula?”

Debían responder con una sola palabra.

Cansado.

Feliz.

Enojado.

Con sueño.

Nervioso.

Tranquila.

Aburrido.

Las respuestas empezaron a aparecer y, sin darme cuenta, el ambiente comenzó a cambiar.

Ese día entendí que, antes de pedir atención, a veces necesitaba ayudar al grupo a detenerse.

Desde entonces fui incorporando pequeñas actividades como estas.

  1. El semáforo de emociones. Cuando noto al grupo alterado, dibujo rápidamente tres colores imaginarios en la pizarra: verde, amarillo y rojo. Les pregunto dónde sienten que están en ese momento. Verde significa tranquilos y preparados; amarillo, inquietos o distraídos; rojo, molestos o muy alterados. No obligo a nadie a explicar por qué. Lo importante es que puedan reconocer cómo llegan. Muchas veces, solo identificarlo ya disminuye parte de la tensión.
  2. Tres respiraciones antes de empezar. Al principio algunos se reían cuando lo proponía. Yo también entendía que podía parecer extraño. Simplemente les pedía apoyar los pies en el suelo, quedarse quietos unos segundos y realizar tres respiraciones lentas. No lo convertía en una sesión larga. Eran apenas unos segundos. Después de hacerlo varias veces, dejó de parecer algo extraño y se convirtió en una señal de que íbamos a comenzar.
  3. La palabra del día. En momentos de mucha conversación escribo una pregunta breve: “¿Con qué palabra describirías tu día?”. Cada estudiante piensa una respuesta. Algunos dicen “cansado”, otros “emocionado”, “normal”, “difícil” o “divertido”. No hace falta comentar todas las respuestas. La intención es hacer una pequeña transición entre lo que estaba ocurriendo fuera del aula y lo que vamos a realizar dentro de ella.
  4. Estiramiento de un minuto. Hay grupos que no necesitan silencio: necesitan movimiento. Cuando llevan mucho tiempo sentados o noto demasiada inquietud, les pido ponerse de pie. Estiramos brazos, hombros y espalda durante aproximadamente un minuto. Luego todos regresan a sus lugares. Descubrí que intentar detener toda esa energía únicamente con llamados de atención casi nunca funcionaba tan bien como permitirles mover el cuerpo brevemente.
  5. El reto del silencio. En otras ocasiones convierto el silencio en un pequeño desafío. Les digo: “Veamos si podemos estar treinta segundos completamente en silencio”. Parece algo demasiado sencillo, pero al convertirse en reto cambia la reacción del grupo. No hay amenazas ni regaños. Solo un objetivo breve que debemos conseguir juntos. Cuando terminan los treinta segundos, el ambiente suele estar mucho más dispuesto para comenzar.
  6. La pregunta curiosa. Cuando siento al grupo apagado utilizo una pregunta que no tiene relación directa con la materia. “Si pudieras aprender una habilidad de inmediato, ¿cuál elegirías?”, “¿qué lugar del mundo te gustaría conocer?” o “¿qué invento crearías si pudieras?”. Escucho tres o cuatro respuestas y continúo la clase. Son apenas unos minutos, pero muchas veces consiguen que estudiantes que estaban desconectados vuelvan a mirar hacia adelante.
  7. Cambio de lugar consciente. No siempre el problema está en el grupo completo. Algunas veces dos o tres estudiantes se encuentran demasiado inquietos juntos. En lugar de convertir el cambio de lugar en un castigo, intento plantearlo como una forma de ayudarnos a trabajar mejor. “Hoy vamos a cambiar algunos lugares para concentrarnos un poco más”. Cuando el cambio se realiza sin señalar ni humillar a nadie, suele generar menos resistencia.
  8. El minuto para ordenar. También aprendí que un espacio desordenado puede acompañar a un grupo desordenado. Cuando hay papeles, mochilas en medio del paso, sillas movidas o materiales por todas partes, dedico un minuto a organizar el aula. Todos participan. La consigna es sencilla: dejar nuestro espacio preparado para trabajar. Al terminar, no solo cambia el salón; también cambia la disposición del grupo.
  9. La cuenta regresiva tranquila. Antes acostumbraba repetir muchas veces: “Silencio, por favor”. Después empecé a usar una cuenta regresiva. “Cinco… cuatro… tres… dos… uno”. Los estudiantes ya saben que al llegar a uno necesitamos estar preparados. La diferencia parece pequeña, pero evita que mi voz compita constantemente con las conversaciones del aula.
  10. Algo bueno de hoy. Hay días en los que el ambiente está pesado. En esos momentos pregunto: “¿Alguien quiere contar algo bueno que le haya pasado hoy?”. Puede ser algo muy pequeño: desayunar algo rico, terminar una tarea, jugar con un amigo, recibir una buena noticia o simplemente haber llegado temprano. Escuchamos dos o tres respuestas. No intento negar los problemas del día; simplemente abrimos un pequeño espacio para recordar que también pueden existir momentos positivos.
  11. El aplauso de concentración. Cuando necesito recuperar rápidamente la atención realizo una secuencia corta de palmadas y ellos deben repetirla. Cambio el ritmo una o dos veces. Para hacerlo tienen que dejar de hablar y escuchar. Cuando todos consiguen repetir la última secuencia, aprovecho ese instante de atención para dar la siguiente indicación. Es especialmente útil cuando la energía del grupo está alta.
  12. La pregunta de salida. Finalmente comprendí que regular el clima del aula no sucede solamente al comenzar una clase. También importa cómo terminamos. Antes de salir hago una pregunta muy sencilla: “¿Cómo te vas hoy?”, “¿qué fue lo más fácil de la clase?” o “¿qué deberíamos mejorar mañana?”. Algunas veces responden oralmente; otras, levantando el pulgar o escribiendo una palabra. Sus respuestas también me ayudan a observar cómo quedó el ambiente después de trabajar juntos.

No todas funcionan todos los días

Una de las cosas que más he aprendido es que no existe una actividad que funcione igual con todos los grupos.

Hay días en los que una respiración breve es suficiente.

Otros días necesitan levantarse y moverse.

En algunas ocasiones quieren hablar.

En otras, precisamente lo que necesitan son unos segundos de silencio.

Por eso dejé de preguntarme:

“¿Cuál es la mejor actividad?”

Y empecé a preguntarme:

“¿Qué necesita mi grupo en este momento?”

Esa pequeña diferencia cambió mucho mi manera de intervenir.

También comprendí que estas actividades no sustituyen las normas, los acuerdos ni los límites. El aula necesita organización y los estudiantes necesitan saber qué se espera de ellos.

Pero también necesitan sentirse escuchados.

Antes quería controlar el aula; ahora intento leerla

Con el tiempo aprendí a observar señales que antes ignoraba.

Cuando todos hablan demasiado, quizá vienen de una actividad que los dejó muy activados.

Cuando nadie participa, puede que estén cansados.

Cuando existe tensión entre compañeros, comenzar inmediatamente con ejercicios académicos no siempre soluciona el problema.

Por eso ahora intento leer primero el ambiente.

No siempre lo consigo.

Hay actividades que un día funcionan perfectamente y la semana siguiente no provocan ninguna reacción.

También existen días difíciles en los que, por más estrategias que utilicemos, el grupo tarda en encontrar nuevamente la calma.

Y está bien reconocerlo.

Trabajar el clima del aula no significa conseguir estudiantes perfectamente tranquilos durante toda la jornada.

Significa crear pequeñas oportunidades para volver a encontrarnos como grupo.

A veces cinco minutos pueden salvar una clase

Si algo he comprobado en mi experiencia es que dedicar unos minutos a regular el ambiente no significa perder tiempo de aprendizaje.

Muchas veces ocurre exactamente lo contrario.

Cinco minutos utilizados para respirar, conversar, movernos o recuperar la atención pueden evitar veinte minutos de interrupciones posteriores.

Por eso estas doce actividades se fueron convirtiendo en pequeños recursos que utilizo dependiendo de lo que observo.

No necesito aplicarlas todas.

No necesito aplicarlas siempre.

Simplemente necesito recordar que, detrás de cada estudiante inquieto, distraído, cansado o demasiado conversador, existe una persona que también está llegando al aula con emociones, experiencias y situaciones que yo quizá desconozco.

Y muchas veces, antes de enseñar el contenido que preparé para ese día, necesito ayudarles a hacer una cosa mucho más sencilla:

volver a estar presentes en el aula.

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