El primer día tiene algo particular: casi todo es nuevo al mismo tiempo.
Puede ser nuevo el docente, el aula, parte del grupo, la asignatura, la forma de trabajar o simplemente la combinación de personas que ahora tendrán que compartir muchas horas.
Por eso no espero que un rompehielos consiga que todos se sientan en confianza en veinte minutos.
Me resulta más útil pensar el primer día como un recorrido.
Primero llegamos. Después ocurre una participación muy sencilla. Empezamos a escuchar algunos nombres. Hablamos con una persona. Más tarde hacemos algo pequeño con otras. Descubrimos una primera regla de trabajo y, finalmente, pasamos a la tarea académica.
El rompehielos ocupa solamente una parte de ese camino.
No es necesario aplicar las doce propuestas de este artículo. Una o dos pueden ser suficientes, y en algunos grupos quizá baste con una actividad muy breve antes de empezar la clase.
La pregunta importante no es:
“¿Cuál es el rompehielos más divertido?”
Sino:
“¿Qué necesita este grupo para poder dar el siguiente paso del primer día?”
Antes de elegir, pregunto qué necesita realmente este grupo
Dos cursos pueden llegar al mismo primer día y necesitar cosas completamente distintas.
En uno, casi nadie se conoce y tiene sentido comenzar escuchando nombres.
En otro, los estudiantes ya llevan años juntos, de modo que volver a presentarse probablemente aporte poco. Quizá resulte más útil conocer cómo prefieren afrontar una tarea o acordar una primera forma de trabajar.
Un grupo numeroso puede necesitar respuestas simultáneas para no pasar veinte minutos escuchando una ronda completa. Un grupo más pequeño quizá pueda conversar primero en parejas.
También puede ocurrir que el grupo llegue con mucha energía, o al contrario, que nadie quiera ser la primera persona en hablar.
Antes de escoger, yo miraría al menos estas situaciones:
- Si casi nadie quiere hablar: comenzar con señales, elecciones simultáneas o una conversación de dos personas.
- Si el grupo es numeroso: evitar una ronda en la que cada estudiante tenga que intervenir ante todo el curso.
- Si nadie se conoce: introducir nombres antes de pedir una colaboración más compleja.
- Si ya se conocen: trabajar preferencias académicas, preguntas sobre el curso o acuerdos.
- Si hay mucha energía: permitir un movimiento breve y claramente delimitado.
- Si hay poco tiempo: elegir una sola interacción y enlazarla rápidamente con la clase.
La primera actividad tampoco necesita entrar en la vida privada del alumnado para generar cercanía.
Podemos trabajar con nombres, formas de aprender, materias, animales, libros, actividades escolares o elecciones completamente ficticias.
Tres permisos antes del primer juego
Antes de empezar, dedicaría menos de un minuto a dejar claras tres cosas.
Primer permiso: puedo decir “paso”.
Participar no tiene que significar responder todas las preguntas ni hablar delante del grupo.
Segundo permiso: no tengo que contar algo privado.
La actividad no necesita información sobre familia, dificultades personales, cuerpo, creencias, situación económica o experiencias que alguien prefiera conservar para sí.
Tercer permiso: puedo participar de otra manera.
Una persona puede levantar una mano, hacer una señal, hablar solamente con una pareja, aportar una idea al equipo o incluso observar durante una primera ronda.
La explicación podría ser tan sencilla como:
“Vamos a hacer una actividad breve para empezar a conocernos. Escuchamos sin burlas, respetamos los turnos y nadie tiene que contar algo privado. Si una pregunta no te resulta cómoda, puedes elegir otra forma de participar o decir ‘paso’”.
Es una indicación pequeña, pero también es una de las primeras muestras de cómo funcionará el grupo.
La llegada: antes de pedir nombres, dejo que todos entren en la actividad
No siempre empezaría pidiendo:
“Uno por uno, preséntense”.
Para algunas personas, hablar ante un grupo desconocido es una entrada bastante grande.
Podemos comenzar con algo simultáneo.
Una señal de llegada
Una posibilidad consiste en proponer tres señales con los dedos:
- 1: prefiero comenzar con calma;
- 2: estoy preparado para empezar;
- 3: tengo bastante energía.
Todos responden al mismo tiempo.
No hace falta pedir explicaciones individuales ni interpretar la elección como una evaluación emocional.
La información solo sirve para orientar el inicio:
“Veo que hoy tenemos bastante energía; empezaremos con algo breve antes de sentarnos a trabajar”.
O:
“Vamos a comenzar de manera sencilla y luego pasaremos a una actividad en parejas”.
Con estudiantes pequeños pueden utilizarse señales todavía más simples.
El valor de este primer paso está en que todo el grupo ya hizo algo junto sin que nadie tuviera que exponerse individualmente.
Elegir entre dos opciones también abre la puerta
Podemos continuar con elecciones neutrales:
“¿Prefieres empezar una explicación viendo un ejemplo o escuchando primero los pasos?”
“¿Dibujar o escribir?”
“Trabajar primero individualmente o comentar una idea en pareja?”
Una mano puede representar una opción y la otra, la segunda.
No estamos construyendo perfiles permanentes.
Que alguien elija hoy trabajar en pareja no significa que “sea una persona social”, del mismo modo que elegir escribir no permite etiquetar una capacidad.
Solo estamos permitiendo una primera participación fácil y observando que dentro del mismo curso pueden existir preferencias distintas.
Después de llegar, empiezo a poner nombres a las personas
El siguiente paso puede ser simplemente empezar a reconocer algunos nombres.
No todos.
No perfectamente.
El primer día nadie necesita demostrar que ya memorizó el curso completo.
Nombre y un gesto que puede ser mínimo
Una ronda sencilla puede consistir en decir el nombre y, si se desea, acompañarlo con un movimiento breve.
Puede ser saludar con la mano, levantar el pulgar o elegir uno de dos gestos propuestos por el docente.
El grupo repite el nombre.
En un curso pequeño, puede hacerse con todos.
En un curso numeroso, preferiría grupos de seis u ocho personas para evitar una ronda interminable.
Si alguien no quiere inventar un gesto, dice únicamente su nombre.
Y si otra persona se equivoca al recordarlo, simplemente se corrige.
Los nombres poco habituales, diferentes pronunciaciones o distintas formas de escribirlos no deberían convertirse en una fuente de bromas.
Aprender un nombre también implica permitir que su dueño indique respetuosamente cómo prefiere que se pronuncie.
Ordenarse por nombres puede convertirse en una primera cooperación
Con estudiantes algo mayores puede añadirse un pequeño reto:
ordenarse alfabéticamente según la inicial del nombre sin hablar.
Se pueden utilizar gestos o señalar letras con las manos.
Cuando el grupo crea que terminó, cada persona dice su nombre siguiendo el orden formado.
Si dos nombres comienzan con la misma letra, pueden mirar la segunda.
La fila no tiene que quedar perfecta.
De hecho, el objetivo más interesante no es conseguir un orden impecable. Es que aparezcan pequeñas acciones de coordinación entre personas que todavía están empezando a conocerse.
En aulas pequeñas, no hace falta desplazarse: cada estudiante puede permanecer cerca de su asiento y señalar dónde cree que correspondería ubicarse.
El siguiente paso no es hablar delante de todos: es hablar con una persona
Después de escuchar algunos nombres, todavía no pediría necesariamente una presentación extensa frente a todo el curso.
Pasar de grupo completo a una pareja reduce bastante la exposición.
Y permite algo que una ronda de nombres no siempre consigue: escuchar realmente a otra persona.
Encontrar una coincidencia segura
Las parejas pueden formarse con personas cercanas.
La consigna:
“Tienen dos minutos para encontrar dos cosas que tengan en común”.
Antes de comenzar, conviene delimitar los temas.
Pueden hablar de:
- materias;
- animales;
- música;
- alimentos;
- libros o juegos;
- actividades escolares;
- formas generales de estudiar.
No utilizamos características físicas ni buscamos coincidencias sobre familia, dinero, creencias u otros asuntos privados.
Cuando termina el tiempo, no es obligatorio que cada pareja presente su resultado.
Una opción de baja exposición sería preguntar:
“¿Cuántas parejas encontraron al menos una coincidencia?”
y recibir la respuesta levantando los dedos.
Una entrevista relámpago puede mirar ya hacia la clase
Si el grupo es un poco mayor o ya existe cierta comodidad, la conversación puede centrarse en el aprendizaje.
Cada integrante responde brevemente una o dos preguntas:
“¿Qué tipo de explicación suele ayudarte más: ejemplos, imágenes o pasos?”
“¿Qué disfrutas más en una actividad escolar: leer, resolver, crear, investigar o conversar?”
“¿Prefieres pensar primero solo o comentar una idea antes con otra persona?”
Después intercambian roles.
El ejercicio no debería terminar convirtiendo esas preferencias en promesas:
“Como la mayoría eligió trabajo en parejas, trabajaremos así siempre”.
Las preferencias pueden orientar algunas decisiones, pero no todas las clases podrán organizarse según la opción favorita de cada persona.
El objetivo del primer día es mucho más modesto: practicar una conversación breve y escuchar correctamente una idea del compañero.
De dos personas pasamos a una primera colaboración pequeña
Cuando la pareja ya dejó de ser completamente desconocida, podemos ampliar un poco el círculo.
No hace falta saltar directamente a una actividad con todo el curso.
Un equipo de cuatro o cinco personas permite ensayar una primera negociación sencilla.
Crear algo juntos sin contacto físico obligatorio
Un pequeño grupo puede diseñar un saludo de dos acciones.
Puede incluir:
- una palabra;
- un gesto;
- un movimiento de manos;
- dos acciones encadenadas.
El contacto físico no es necesario.
Tampoco deben aparecer saltos, empujones o movimientos poco adecuados al espacio.
Durante unos minutos, el equipo tiene que proponer, escuchar, descartar alguna idea y acordar una versión común.
Al presentarla, quien no quiera ejecutar el saludo delante de todos puede haber participado proponiendo ideas, ordenando los movimientos o explicándolos mientras otros compañeros los muestran.
El saludo es solamente el producto visible.
Lo interesante del primer día es la pequeña experiencia que quedó detrás:
“Tuvimos una idea, escuchamos otras y conseguimos acordar algo juntos”.
También podemos colaborar sin movernos
Si el grupo es mayor o el espacio no permite movimientos, una historia colectiva funciona de otra manera.
El docente comienza:
“Al abrir la puerta del aula, encontramos una caja misteriosa…”
Cada participante añade una sola frase.
La historia puede limitarse a ocho aportaciones para evitar que se extienda demasiado.
No se utilizan nombres de compañeros ni se incorporan burlas.
El reto consiste en escuchar lo anterior para poder continuar.
En grupos numerosos, cada fila o pequeño equipo puede construir su propia historia.
Una persona que no quiera hablar puede aportar la idea a otro compañero.
Un pequeño reto de escucha sin ganadores
Otra opción es el conteo cooperativo.
El grupo intenta llegar del uno al quince sin turnos asignados.
Una persona no puede decir dos números consecutivos. Si dos hablan simultáneamente, se vuelve al inicio.
Yo limitaría la actividad a tres intentos.
Lo importante es que no es obligatorio llegar a quince.
Después se puede preguntar:
“¿Qué nos ayudó a coordinarnos?”
Esperar, mirar, escuchar o no precipitarse pueden aparecer como respuestas.
No se compara el resultado con otro curso ni se convierte en una competición.
Después de colaborar, el grupo necesita empezar a entender cómo trabajaremos
Hasta aquí ya ocurrieron varias cosas.
El grupo participó.
Escuchó algunos nombres.
Habló en pareja.
Quizá resolvió un pequeño reto en equipo.
Ahora el rompehielos puede acercarse un poco más a la vida real del curso.
No mediante un discurso largo de normas, sino con una primera pregunta útil.
¿Qué necesitamos saber para comenzar?
En parejas, los estudiantes pueden crear una pregunta relacionada con la nueva asignatura o con la organización del trabajo.
Por ejemplo:
“¿Trabajaremos en equipos?”
“¿Qué materiales necesitaremos?”
“¿Cómo se organizarán las tareas?”
“¿Qué temas aprenderemos primero?”
Las parejas eligen una.
Después algunas se comparten voluntariamente y el docente puede agrupar las similares.
No hace falta responder todo en ese instante.
Si una cuestión depende de información institucional o de una decisión aún no tomada, puede decirse claramente cuándo podrá responderse.
Las preguntas tampoco deben utilizarse para entrar en asuntos personales del docente o de otros estudiantes.
Una primera norma vale más si el grupo entiende qué significa
El primer día tampoco necesita producir un reglamento completo.
Pero sí puede dejar una primera idea sobre cómo se espera trabajar juntos.
Un acuerdo en cinco palabras
En pequeños equipos podemos preguntar:
“¿Qué necesita un grupo para aprender y trabajar con respeto?”
Cada equipo intenta responder con una frase de hasta cinco palabras.
Pueden aparecer propuestas como:
“Escuchamos y respetamos los turnos”.
o:
“Trabajamos sin burlas ni exclusiones”.
Las propuestas se comparan y se identifican ideas repetidas.
Pero una frase bonita en la pizarra no constituye todavía una norma completa.
Hace falta explicar qué significa en acciones concretas y retomarla durante las siguientes clases.
Si más adelante se quiere profundizar esta primera idea, se puede continuar con dinámicas para construir acuerdos de convivencia claros con el grupo, definiendo mejor qué acciones se esperan y cuándo se aplican.
El rompehielos ya cumplió su función: ahora necesito salir de él
Hay una parte del primer día que a veces queda menos planificada que la presentación.
¿Qué ocurre justo después?
El grupo puede haber hablado, reído un poco y aprendido algunos nombres. Pero la clase todavía necesita convertirse en clase.
Una actividad final puede hacer de puente.
Una palabra sobre la clase que vamos a construir
Podemos pedir:
“Piensa una palabra que describa una clase en la que resulte posible trabajar bien”.
Pueden aparecer:
clara, respetuosa, participativa, tranquila, creativa.
Algunos voluntarios comparten la suya o, en grupos grandes, cada equipo elige una palabra común.
Después viene una pregunta importante:
“¿Qué acción concreta puede acercarnos a esa palabra?”
Si alguien dice respetuosa, puede significar escuchar cuando otra persona está hablando.
Si aparece clara, puede significar preguntar cuando una consigna no se entiende.
Si dicen participativa, puede significar disponer de varias formas de aportar.
No prometemos que todas las expectativas se cumplirán exactamente como cada estudiante imagina. La asignatura tiene contenidos, tiempos y normas institucionales que también condicionan el trabajo.
Pero ya tenemos un punto desde el cual avanzar.
Y entonces presento la primera tarea académica
No dejaría un gran espacio entre el rompehielos y el contenido.
El puente puede ser directo:
“Ya escuchamos varias ideas sobre cómo queremos trabajar. Vamos a probar una de ellas ahora mismo con nuestra primera actividad”.
Después llega la consigna académica.
Puede ser una lectura corta, una pregunta, un pequeño problema, una observación o la presentación del primer tema.
El cambio importa porque comunica algo desde el comienzo:
conocernos y aprender no son dos partes desconectadas del primer día.
La forma en que escuchamos durante una pareja, respetamos un turno o pedimos una aclaración también será parte de cómo trabajaremos en la asignatura.
Cuando el momento de presentación ya terminó y necesitamos entrar directamente al contenido, también pueden utilizarse dinámicas breves para empezar la clase en cinco minutos y enlazar estos primeros intercambios con la tarea del día.
Con estudiantes pequeños, mayores o grupos numerosos, el recorrido cambia
La secuencia general puede mantenerse, pero no tiene que verse igual en todas las edades.
En los primeros cursos de primaria
Usaría instrucciones de uno o dos pasos y actividades de pocos minutos.
Las señales simultáneas, nombres con un gesto sencillo y elecciones entre dos opciones suelen resultar más manejables que una presentación extensa.
En los últimos cursos de primaria
Ya pueden aparecer conversaciones en parejas, pequeñas cooperaciones, preguntas sobre cómo aprender y retos que exijan escuchar a otros.
Intentaría que la facilidad para hablar, la rapidez o la popularidad no se conviertan en ventajas dentro de la actividad.
En secundaria
Explicaría directamente para qué se hace cada propuesta.
Un adolescente puede aceptar mucho mejor una actividad breve si entiende que servirá para conocer nombres, practicar una forma de participación o decidir cómo empezará el trabajo del curso.
No hace falta infantilizar el momento con gestos exagerados o canciones.
Con un curso numeroso
Reduciría las rondas completas.
Parejas, filas y equipos pequeños pueden hacer la actividad al mismo tiempo y compartir después solamente una conclusión.
Aprender treinta nombres no tiene que ocurrir en una única ronda durante la primera hora.
Cuando casi todos ya se conocen
No repetiría presentaciones personales solamente porque sea “el primer día”.
Puede ser más útil pasar directamente a elecciones sobre formas de trabajo, una pregunta útil sobre el curso o un acuerdo breve.
Si hay alguien nuevo, intentaría integrarlo dentro de la misma dinámica sin convertirlo en el centro de atención.
Si el grupo permanece callado, no tengo que llenar el silencio inmediatamente
En un primer encuentro es normal que algunas personas observen antes de participar.
El silencio inicial no demuestra automáticamente falta de interés.
Antes de aumentar la presión, puedo reducir la exposición:
- hacer una respuesta simultánea;
- permitir pensar antes de hablar;
- conversar primero en pareja;
- hacer yo mismo la primera demostración;
- ofrecer más de una forma de participar;
- mantener disponible la opción de decir “paso”.
Lo que evitaría es preguntar delante de todos:
“¿Por qué no quieres participar?”
La confianza no tiene que aparecer antes de que el grupo haya comprobado cómo serán recibidas sus intervenciones.
Si aparecen burlas, la prioridad deja de ser terminar el juego
Puede ocurrir que una actividad empiece bien y después aparezca una burla o una intervención que incomode a otra persona.
No hace falta prolongarla por el simple hecho de que estaba planificada.
Una señal breve puede detenerla.
Después se recuerda el acuerdo:
“Podemos equivocarnos o elegir respuestas distintas, pero no utilizamos las respuestas de otros para burlarnos”.
Si continúa el problema, prefiero terminar la dinámica y pasar a una modalidad individual o menos expuesta.
También revisaría la actividad.
Tal vez la consigna era demasiado larga.
Quizá hubo demasiado tiempo de espera.
O puede que pidiéramos una exposición pública antes de que el grupo estuviera preparado.
Lo que puede arruinar una buena primera impresión
Un rompehielos aparentemente inocente puede generar el efecto contrario cuando hace que alguien se sienta observado, clasificado o expuesto.
Aplicar demasiadas actividades
Doce propuestas en un artículo no significan doce actividades para una mañana.
Una o dos bien elegidas suelen ser suficientes.
El resto del primer día también necesita espacio.
Pedir información privada demasiado pronto
No hace falta preguntar por problemas familiares, temores, dificultades personales o experiencias dolorosas para “conocerse mejor”.
El primer contacto puede mantenerse en un terreno neutral.
Forzar la participación oral
Hablar delante de todo el curso es solamente una forma de participar.
Una señal, una elección simultánea, una conversación con una pareja o una idea entregada al equipo también cuentan.
Convertir las respuestas en etiquetas
Una preferencia expresada durante un rompehielos no define la personalidad, las capacidades ni el rendimiento futuro de un estudiante.
No formaría grupos permanentes basándome en esas primeras respuestas.
Seguir aunque la actividad ya no funcione
Un rompehielos puede cerrarse antes de lo previsto.
No es necesario rescatarlo a cualquier precio.
Si perdió su propósito, es mejor continuar con la siguiente parte de la jornada.
Utilizar eliminación o competencia
Quedar fuera por equivocarse puede ser una forma poco amable de comenzar un grupo nuevo.
También evitaría premiar a quien recuerda más nombres, habla primero o termina antes.
Permitir bromas sobre las respuestas
La forma en que el docente responde a la primera burla enseña mucho más sobre las normas reales del grupo que cualquier cartel colocado en la pared.
Olvidar que después viene una clase
El rompehielos no debería consumir toda la identidad del primer día.
En algún momento necesitamos mostrar qué aprenderemos y cómo empezaremos a hacerlo.
El primer día continúa después del rompehielos
Quizá al terminar la actividad algunos estudiantes recuerden tres nombres.
Tal vez una persona haya hablado solamente con un compañero.
Otra habrá participado levantando dos dedos.
Un pequeño equipo habrá conseguido ponerse de acuerdo en cinco palabras.
Eso puede ser suficiente para un primer encuentro.
No necesitamos salir de un rompehielos afirmando que el grupo ya tiene confianza, está completamente integrado o construyó una convivencia sólida.
Esas cosas necesitan tiempo.
El primer día sigue cuando damos una consigna clara.
Sigue cuando respetamos el “paso” que habíamos permitido.
Sigue cuando pronunciamos correctamente un nombre después de que alguien nos corrigió.
Sigue cuando una duda recibe una respuesta respetuosa.
Sigue cuando una norma se aplica de la misma manera que la explicamos.
Y sigue, sobre todo, cuando presentamos la primera tarea académica y el grupo descubre que las formas de participación practicadas durante el rompehielos también tendrán un lugar dentro de la clase.
Ese es un objetivo más razonable para una primera jornada:
no conseguir confianza profunda en veinte minutos, sino dejar preparado un segundo encuentro un poco menos desconocido que el primero.